Cuarenta años dan para mucho. Demasiado como para poder expresarlo en una breve reflexión. Durante 40 años, Levante-El Mercantil Valenciano ha acompañado a los valencianos y valencianas en una ciudad cambiante, que se ha modernizado, a veces yendo a la vanguardia, y otras a marchas forzadas.

València ha cambiado, qué duda cabe, en lo urbanístico, consolidando un gran parque que vertebra a toda la ciudad, como es el Jardín del Túria, así como con nuevos barrios poblados por las 800.000 personas que hoy en día habitan en nuestra ciudad. Pero este crecimiento a veces se ha realizado a costa de la fértil huerta que circunda la ciudad y que los valencianos hemos perdido. Una derrota patrimonial que en el siglo XXI se intenta paliar protegiendo no solo la huerta, sino también parajes que sin duda marcan la singularidad de nuestra ciudad como l’Albufera.
València se está convirtiendo poco a poco en ciudad de plazas y de parques. Donde se favorece la socialización. Lejos quedan las protestas vecinales de hace unas décadas reclamando unas condiciones de vida dignas en sus barrios, con aspectos tan básicos como el asfaltado, la electricidad o las canalizaciones. Evidentemente la situación ha cambiado para bien en estos 40 años, aunque siguen habiendo –y los habrá- motivos para la protesta y la mejora en los barrios.

De hecho, si algo ha recorrido estos años ha sido sin ninguna duda la capacidad de los valencianos y valencianas para movilizarse. Manifestaciones y concentraciones de todo tipo han recorrido nuestras calles, y los movimientos sociales han cambiado, se han transformado, algunos han dejado de existir, pero otros han llegado, y savia nueva les ha nutrido.

València se está convirtiendo en una ciudad de plazas y de parques. Lejos quedan las protestas vecinales reclamando unas condiciones de vida digna en sus barrios

Asimismo, la economía de nuestra ciudad ha ido fluyendo en estos 40 últimos años hacia un modelo terciario, positivo en muchos aspectos, pero preocupante en otros. Así, la consolidación del gran comercio ha supuesto también la crisis para muchos comercios de proximidad, y la industria turística hace avanzar a nuestra ciudad hacia un modelo que precisa de equilibrios constantes para acrecentar su atractivo sin perder ni un ápice de singularidad. Las fallas son un buen ejemplo del grado de evolución y modernidad durante estos años sin renunciar a las propias raíces de València.

La cultura propia de los valencianos, nuestra arquitectura y nuestros paisajes, nuestra lengua y referentes literarios, nuestras tradiciones, gastronomía, forma de vivir y, en suma, nuestra mediterraneidad, se mantiene arraigada en una ciudad que a lo largo de estos 40 años ha demostrado tesón por mejorar sus condiciones de vida, y que no desiste en su meta de alcanzar la modernidad y la sostenibilidad sin renunciar a su propia idiosincrasia.