En los tiempos en que nos teníamos que sentar erguidos a la mesa las familias hablaban. Ni cuando llegó la tele en color a casa para ver el mundial que ganaría Argentina se dejó de hablar. Estábamos obligados a contarnos cómo nos había ido el día, qué noticias nos habían interesado, qué novedades queríamos trasladarnos.

Pepito se ha rizado el pelo, dijo alguien. A Pepito el quiosquero lo veíamos todos, todos los días. Sus nuevos rizos causaron asombro. Era nuestro suministrador de cigarrillos sueltos, periódicos, revistas, petardos, chucherías. Pepito se había modernizado al ritmo que lo hacía España. Nos resultaba inexplicable que Pinochet ganara su referendum, nos fascinaba la revolución sandinista,  se parecía cada vez más al dictador de la novela de Roa Bastos Yo el Supremo, bromeábamos sobre la despenalización del adulterio. Cuando detuvieron a la hija de  en Suiza con su tesoro de monedas, relojes y medallas empezamos a pensar que esto iba en serio. Hablábamos de lo que pasaba el día que pasaban las cosas y volvíamos a hablar cuando leíamos cómo lo contaba el diario, que era cómo se llamaban los periódicos.

El año de los tres papas, con dos fumatas blancas, y varias negras, el Levante se transformó al tiempo que lo hacían España, el País Valenciano y Pepito.

Los periódicos ya no son solo de papel ni son solo diarios pero los necesitamos como fueron

Pepito está pachucho y vivimos la ausencia insoportable del suyo y de otros quioscos. Los periódicos ya no son solo de papel ni son solo diarios pero los necesitamos como fueron. Brindo por las personas que hicieron, hacen y harán el Levante de cada día, hace ya 40 años. Como en Los puentes de Madison es un brindis por las noches antiguas y la música lejana.