Los medios son ese desnudo constante que sale a orearse de mañana, con el riesgo de pasar frío o de abrasarse. La ascendencia que los buenos medios indudablemente dimanan, procede de laborar la vigorosa proporción, orillando el oportunismo y la desmesura que, para bien o para mal, no son más que un conjunto de procederes cortoplacistas, contrarios a esa ponderación razonable que no supone la neutralidad, sino la opción por lo evidente, con independencia de los juicios que estén en juego. Pero, los medios se hallan en una transformación que, no solo afecta a la impronta de la inmediatez y de la tecnología, sino a su propia razón de ser, insertos en una sociedad adaptada a una inestabilidad constante, mientras corre el riesgo de verse peligrosamente envuelta por otros nuevos sistemas de herramientas, cada vez más atractivos, aunque disfruten de una fiabilidad dudosa. Y es ese, precisamente, el contexto en el que el ciudadano necesita asirse a través de respuestas diversas, para construir sus propios juicios. Es, pues, cuando el prestigio emerge y el momento en el que se ponen en juego las pautas de la mutua complicidad.

Entre los comunicadores escritos, la página inicial se nos presenta como la síntesis más llamativa de un apretado resumen que, nos sitúa en la prioridad editorial; en el espacio que va a ser considerado por su especial significado, con una extensión mayor. Es, pues, el lugar de la mayor responsabilidad y, en su conjunto, construyen el modo de entender la secuencia de las prioridades. Elaborar de entre ellas una cuidada selección cuando se trata de un medio configurado en papel, es un asunto complejo que no se puede despojar de la percepción del momento, y muy especialmente, cuando se trata de un periodo tan prolongado como son 40 años. No parece difícil de asumir que el entorno condiciona los juicios. Así pues, cabe pensar, que si se pretende hallar en la muestra la aproximación a la objetividad, nos aparecerá como una utopía probablemente, inalcanzable, de tal suerte, que la hermenéutica nos ayudará a la interpretación de sus textos pero no al hecho mismo de la propia selección. Pero no acaba en este punto su significado, porque también nos abre el camino a implicarnos en su propia complicidad, permitiendo que podamos retrotraernos en el tiempo, situándonos ante el espejo de la apreciación que le dimos a los hechos. Una exposición así, presentada ante el deambular cotidiano, parece una consideración del pasado tomado como acervo, pero dispuesto a actuar con viveza ante los trances que se vayan sucediendo.