Tal vez suene rimbombante la expresión «testigo de la historia». Añadamos contemporánea, por evitar la hipérbole. Y, si acaso, puesto que la palabra «testigo» parece remitir a un cierto quietismo, el del observador estático, digamos también «actor». Todo eso es un periódico longevo.

Ahora que los medios de comunicación están en cambio, por más que el periodismo esté en el candelero, es necesario recordar que en España hay más de una treintena de periódicos con más de cien años. Habrán tenido que bregar. Y en coyunturas económicas y políticas muy distintas; eso es evidente. El Mercantil Valenciano se fundó en 1872, pero, como tratamos de explicar hace tiempo, sobre la matriz de otra cabecera, el Diario Mercantil de Valencia, nacida, a su vez, en 1834. Cómputo conservador: 146 años. Cálculo generoso, aunque certero: 184 años. Levante es de 1939 -79 años- y, aunque apareció para borrar a El Mercantil Valenciano, acabó por rescatarlo en 1989. Avatares.

Cuando publicamos la Historia de Levante-El Mercantil Valenciano, en 1992, el avatar era propicio. El periódico tenía una audiencia de 289.000 personas diarias y las había aumentado en más de cien mil en el lustro anterior. Era el primero en la Comunidad Valenciana y parecía tener un futuro diáfano: la empresa era sólida y el empuje tenía por santo y seña el periodismo de proximidad de la mano de las ediciones comarcales; la primera nacida en la Safor en 1987. Dos años después, el del rescate de El Mercantil Valenciano, el periódico se había trasladado desde el edificio de la Avenida del Cid al polígono de Vara de Quart para dejar que los ordenadores invadiesen la redacción con programas de redacción y maquetación como el Freehand y el Quark Xpress. Hicimos el libro confiados en la curiosidad. En la nuestra y en la de los lectores (de periódicos) de entonces.

Lo importante para nosotros es el periodismo, como para René Clair era el cine: qué más da que descanse en papel, celuloide o pantalla

Éramos, todos, algo grafómanos. Queríamos, con aquel libro, descubrir los entresijos de un pasado apasionante, el de un periódico que había nacido con la revolución liberal-burguesa y que había recorrido todas las etapas de la historia valenciana, no siendo ajena a ninguna. Queríamos que a aquel libro siguiesen muchas monografías para indagar con pormenor sobre figuras y contextos. ¿Acaso no se merece Pascual Pérez y Rodríguez, el primer director del Diario Mercantil de Valencia, una buena monografía? Al fin y al cabo, este cura secularizado, amigo de la escuela romántica de Valencia, fue el gran escritor español de novela gótica, un políglota que tradujo diversas obras, un periodista de empresas varias, uno de los primeros fotógrafos de España, un liberal de catecismo, tolerancia y humor. De Pascual Pérez y de tantos otros directores, redactores, editores, que con sus afanes dieron vida a una publicación señera. Queríamos que los periódicos siguiesen creciendo en calidad y en lectores, pues habíamos conocido regímenes en los que se censuraba y se controlaba a la prensa, que era tanto como decir que se impedía la libre expresión de la opinión pública.

Pero entonces apareció Intenet, como una tralla, y alguien decretó el fin de la Galaxia Gutenberg. Los periódicos quisieron adaptarse. Primero con página web, luego con edición digital. Los grafómanos nos digitalizábamos, mientras las tiradas de la prensa en papel comenzaban a descender. Las cosas no iban bien, pero anduvieron mucho peor a partir del momento en que hizo acto de presencia la crisis económica con el lógico corolario del descenso del nutriente publicitario.

No está de más, desde hace unos años, recordar la ocurrencia del gran cineasta René Clair. En la década de 1950, cuando la televisión parecía amenazar seriamente al cine y comenzaba a descender el número de salas de exhibición, Clair imaginó que el cine nacía tras años de desarrollo televisivo: «Un nuevo invento ha venido a revolucionar la televisión. A partir de ahora será posible enriquecer el espectáculo televisado, mediante innumerables escenografías y una cantidad ilimitada de planos. La acción podrá para instantáneamente de una sala a una calle, de un paisaje marítimo a la montaña, de Europa a América. Además, será posible aplicar todas las correcciones deseadas a las escenas televisadas, después de haber sido grabadas, alargando una, abreviando la otra, cambiando su orden y dándoles su forma final. Y en último término –y éste no es el rasgo menos destacable de la nueva invención- será posible reproducir el espectáculo televisado con tanta frecuencia como se quiera, igual que en la fotografía. La invención se compone de una tira de celuloide llamada ‘película’, que pasa a través de un aparato de registro al que sus inventores, dos jóvenes hermanos llamados Auguste y Louis Lumière, han bautizado como cinematógrafo. Dentro de pocos años, todo espectáculo televisado será cinematografiado antes de su transmisión. El invento del cinematógrafo representa el mayor paso adelante que se ha dado tras los primeros experimentos de la televisión».

Imaginemos, ahora, que el periódico nace tras Internet. Puede parecer extraño que la autopista surja con anterioridad al vehículo que la transitará; pero merece la pena imaginarlo. Puesto que el periódico será acogido por Internet y, dentro de pocos años, todo flujo informativo internauta tendrá un componente periodístico, esto es, conferirá valor de cambio, y no solo valor de uso, a la información por el hecho de ser relevante y veraz. Gracias al periodismo, Internet se convertirá en la voz de los sin voz, en el molesto poder capaz de vigilar al resto de poderes en nombre de sus lectores, en el sujeto que impide la corrupción de los gobiernos a través de la denuncia probada, en el soporte de formas diversas de discurso informativo, unas con vocación breve y certera, llamadas noticias, otras con querencia hacia las formas de la frase y los giros del lenguaje, llamadas artículo literario.

El soporte tal vez cambie, pero lo que resulta hoy más necesario que ayer es el periodismo. De la mano de Internet y de las Redes Sociales no sólo hemos descubierto la bondad colaborativa, sino también la maldad posverdadera, el nuevo nombre de la propaganda más aviesa. Gato por liebre. Con algunos periodistas vendidos o que perdieron su honroso nombre, pero sobre todo con intereses espurios a la búsqueda de técnicos en comunicación y en datos que les hagan el trabajo sucio. Sumidos en tiempos de tribulación, tiempos confusos, parece difícil decirle al ciudadano que pague por la información, porque sólo así recibirá un producto de calidad. En efecto, a veces paga para recibir basura. Otras no paga (en apariencia), y obtiene un producto informativo solvente. Costará superar esta fase. Pero se superará. Y, de nuevo, tendrá que ser el esfuerzo de periódicos como Levante-El Mercantil Valenciano, periódicos avalados por sus avatares, por su longeva lucha, los que nos saquen de nuestras cábalas cotidianas y los que afirmen, con rotundidad, que la calidad periodística tiene un precio, la del periodista bien formado, que brega a brazo partido por su independencia profesional, que tiene mecanismos de autodefensa frente a su propia empresa y, más, frente a los poderes presuntamente divididos del Estado. Levante-El Mercantil Valenciano sabe hacer algo y lo sabe hacer bien: periódicos con periodistas. Lo importante para nosotros es el periodismo, como para René Clair era el cine; qué más da que descanse en pasta de papel, celuloide o pantalla. 79 años, 146 años, 183 años, para Levante-El Mercantil Valenciano, y muchos más encaramado a la noticia que informa, que fiscaliza, que orienta, que educa, que entretiene, que vigila o que transmite la herencia social y el pulso del cambio histórico.