Los últimos cuarenta años vividos por el deporte español han sido su “Edad de Oro”. La primera década prodigiosa partió de 1980, en Moscú. Allí, en la Sala de Columnas del edificio de los Sindicatos, donde habían sido velados los jerarcas del Kremlim, eligieron presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch. A partir de ese momento su influencia comenzó a dar frutos. Fundamentalmente, la concesión a Barcelona de la sede de los Juegos de la XXV Olimpiada. Con ello nació el impulso oficial y el de la empresa privada para que el deporte creciera y se magnificara no sólo en las disciplinas más populares, sino también en aquellas de menores dimensiones. Y de consuno, en estos cuarenta años, se ha producido la revolución, el camino hacia la igualdad protagonizado por las mujeres.

El deporte español había vivido de las figuras que surgían inesperadamente como Bahamontes, Santana y Paquito Ochoa. Después se promovió la universalización y se convirtió lo inesperado en habitual. Severiano Ballesteros dio nueva dimensión al golf, Miguel Indurain convirtió el Tour en cosa de españoles, Rafa Nadal hizo su gloria personal en las pistas de tenis y ya no hubo disciplina, fútbol, atletismo, baloncesto, balonmano, natación, piragüismo, hockey sobre hierba, yudo, o vela, en la que el individualismo no compaginara con lo colectivo. Ya no sorprende desayunarnos con la noticia de un nuevo campeón o campeona.

El hecho fundamental que impulsó al deporte español fue la creación del ADO, firmado por el Secretario de Estado para el Deporte, Gómez Navarro, y el presidente del Comité Olímpico Español, Ferrer Salat. La empresa privada acudió a crear el fondo para las becas con las que contaron muchos deportistas para prepararse a fondo y llegar a los podios.
Al tiempo que el público vivió emociones como la de Fermín Cacho, primer olímpico español con oro en 1.500, gozó con los triunfos impensados de las selecciones españolas de fútbol, ya también en el campo femenino, ganadoras de Eurocopas y el ansiado Mundial de Suráfrica y se ha solazado con muchachas como Mireia Belmonte, la primera campeona olímpica en natación o las sorprendentes jugadoras de baloncesto y balonmano, auténticas “guerreras” que han obligado a mirar hacia el campo femenino. Carmen Parga, esposa del coronel republicano Tagüeña Lacorte, contó en “Antes que sea tarde”, que en sus tiempos había que reclutar a chicas voluntariosas para participar en disciplinas distintas. Las pocas valían para todo. Hoy no son un detalle, una nota al margen. Componen la mejor fotografía de nuestro tiempo. Arancha Sánchez Vicario y Conchita Martínez llegaron a lo más alto y en otro deporte de raqueta, el bádminton, Carolina Marín ha engarzado títulos mundiales en especialidad casi desconocida en España.

Las inolvidables jornadas olímpicas fueron el lanzamiento hacia otras glorias de diversas disciplinas. Fueron modelo para que la juventud se adscribiera al deporte en cualquiera de sus modalidades. Fueron también el espejo en el que comenzaron a mirarse miles de muchachas que quisieron estar a la altura de las grandes campeonas.
Las mujeres, con sus afanes y reivindicaciones han logrado el más difícil todavía: una liga de futbol femenino. Es, actualmente, una competición que ha llevado a un estadio de Primera, el Calderón, más de quince mil espectadores.

Además de las mentadas anteriormente, en estos cuarenta años de gloria han subido a lo más alto de los podios, Miriam Blasco, Ruth Beitia, Mailen Chorraut, Tamara Echegoyen, Ángela Pumariega, Sofía Toro, Marina Alabau, Isabel Fernández, Theresa Zabaell, Begoña Vía-Dufresne, Patricia Guerra, Almudena Muñoz y los equipos de gimnasia rítmica y hockey hierba. Y Lidia Valentín se ha llenado de oro en halterofilia.