Ganar en cualquier especialidad del deporte es siempre gratificante. A cualquier cosa, a lo que sea, al nivel que sea: ganar siempre es ganar y las sensaciones que el deportista tiene cuando consigue ganar en lo suyo son tan especiales que son, a la vez, muy complicadas de transmitir para que cualquier persona lo pueda asimilar. Yo ayer conseguí en Sachsenring el sueño que persigue cada deportista cada vez que compite: el de ser mejor que sus rivales y llevarse la gloria.
Yo, hasta ayer, había conseguido dicho propósito en 7 ocasiones (además de 25 podios) pero desde hacía algo más de tres años que no había conseguido subir a lo más alto del podio. La carrera de ayer fue una de esas típicas de 125cc en las que siete u ocho pilotos peleamos como lobos por estar delante del grupo. Una carrera de hachazos, rebufos, pizarras, estrategias… «Matam o te mataré». El fuerte ritmo que pusimos en cabeza hizo que el grupo se fuera reduciendo y que en las tres últimas vueltas quedáramos solo tres candidatos a la victoria: Viñales, Zarco y yo.
Maverick ya ha ganado carreras, yo también pero Zarco tiene el casillero de victorias a cero. Aún así el hambre de ganar siempre es insaciable, por lo que planeé una estrategia para ponerme primero en la última vuelta y tapar todos los huecos y tratar de llegar a meta en primera posición. Zarco también jugó sus cartas y llegamos emparejados a la línea de meta: tan emparejados que la distancia entre ambos fue de 0”000 segundos, lo que quiere decir que nuestras motos pasaron al mismo tiempo por la línea de meta.
A mitad de carrera me quedé un poco atrás por un adelantamiento algo fuerte de Nico que me descolocó (Nico: no te preocupes, son cosas que pasan). Para volver a llegar al grupo tiré todo lo fuerte que pude y marqué la vuelta rápida de carrera. Y fue esa vuelta la que me dio la victoria en el Gran Premio de ayer, ya que cuando dos pilotos entran juntos en línea de meta, la clasificación se establece en base a la mejor vuelta, por lo que no hay mal que por bien no venga y casi debo agradecer aquella acción de Nico porque fue la que me ayudó (a posteriori a ganar la carrera). Aquello de»no hay mal que por bien no venga» se puede aplicar a la perfección a ayer.
Fue en el corralito donde me llevé la grata sorpresa de saber que había ganado, porque en principio habían dado ganador al francés. La sensación de ganar, ver a toda tu gente desde lo alto del podio me recordó sensaciones preciosas y, sobre todo, me recordó que por supuesto: WE CAN. Ese fue el lema del fin de semana y tiene una explicación muy fácil: mi amigo Kike Bañuls regenta la escuela de pilotos KSB Sport en Paterna y allí es donde entreno a diario. Él junto con mi mánager diseñaron un plan de trabajo y motivación extra para esta carrera y el resto de la temporada. Recurrieron al lema WE CAN por ser ya conocido el significado y el gran simbolismo que encierra. Esto mismo me lo marcaron en la pizarra y me servía para recordarme que debía dar todo encima de la moto para alcanzar el objetivo: ganar.




