Escrito por Teresa Domínguez    PDF Imprimir Correo electrónico
Virma Gimeno: una muerte anunciada que se pudo evitar

«Hoy he firmado mi sentencia de muerte». Virma Gimeno Serra, de 45 años, acababa de rubricar en el juzgado la denuncia por la que obtendría la condena de su maltratador, Antonio U. A. Había reunido el valor suficiente para poner fin al incesante acoso al que la sometía el hombre cuyas palizas y desprecios soportó, incluso a costa de la crianza de sus dos hijos, durante casi dieciséis interminables años de infierno. El ajusticiamiento final tardó 59 días en llegar, el tiempo que el verdugo invirtió en hacerse con un revólver Llama del 38 especial que exhibió ante propios y extraños hasta sacárselo de la cintura del pantalón al filo de las cinco de la tarde del 26 de febrero de 2008. Fue un asesinato tan público y cobarde como lo había sido el calvario anterior. Encañonó a Virma y efectuó un único y certero disparo con el que le arrebató la vida a la que ella se había atrevido, por fin, a hacerle guiños. El escenario, el mismo en el que había roto, cuantas veces le vino en gana, la orden de alejamiento sentenciada tras aquella denuncia: el Rincón del Lobo, el bar de su Cullera natal que había convertido en su refugio. Estaba sentada a la misma mesa de la terraza donde se reunía a diario con las amigas que le hacían de paño de lágrimas, de consejeras y de guardaespaldas. Y ellas acabaron siendo, también, testigos de su último aliento. Hora y media antes, él había roto por penúltima vez la orden de alejamiento. Con la excusa del dinero, ése que estaba acostumbrado a mendigar y que había dejado de percibir tras la separación, la había arrinconado en la barra del bar. Al oído, le reclamó volver. Su firme respuesta acabaría siendo premonitoria: «Ni muerta».


La detonación sonó seca, irreal. El disparo segó de golpe el rumor de las conversaciones y el tintineo de las cucharillas en las tazas de café que conforman cada día la atmósfera del Rincón del Lobo a las cinco de la tarde. Ni siquiera a la hora de la verdad creyeron a Antonio. Pilar, la dueña, se levantó, le insultó y le echó, ignorante de que el cañón humeante era tan cierto como que Virma se moría; Ana pensó que era un petardo; y el resto, ni se movió.
El crimen se barruntaba hacía tiempo, pero la fanfarronería de Antonio llevó a lo inevitable, a que nadie acabara de creerse sus amenazas. Incluso exhibió impúdicamente el arma la noche anterior ante una de las amigas de Virma y, poco antes del crimen, ante el hijo de la dueña de otro bar que ella frecuentaba. También entonces pensaron que era otra fantochada.
No fueron los únicos. «Cada vez que se pasaba por aquí, llamábamos a la Guardia Civil. Venían, le daban en el hombro y le decían que se fuera, que aquí no podía estar y que se estaba metiendo en un lío», denuncian con amargura las amigas que la defendieron como supieron durante los últimos meses de purgatorio.
El hijo menor de Virma, Jorge, que hoy tiene 25 años y que a los 13 tuvo que decidir dejar de crecer al lado de su madre y hacerlo con sus abuelos maternos porque «aquello no era vida», explica la misma situación. «Ya estaba dictada la orden y vino por casa a rondar. Llamamos a la Guardia Civil y no lo detuvieron. Le dijeron que se fuera y ya está».
Todos coinciden en que «su muerte se podía haber evitado». Quizás, faltaron denuncias formales. Y seguimiento. Una de sus amigas se muestra implacable. «Mientras haya una sola mujer muerta, esto no funciona. Antes, me costaba creer en la Justicia, pero ahora, ni te cuento... Claro que se podía haber hecho más. Mucho más. Yo, que la acompañaba a casa cuando salía del bar muerta de miedo, que sentía cómo se me agarraba al brazo, te digo que es mentira que se haga seguimiento de la situación de una mujer que ha denunciado. Por lo menos, no en este caso. Lo único cierto es que ella ya no está», sentencia.
El principio del martirio
Virma era una mujer guapa, alegre, con ganas de vivir. Pero Antonio la consumió hasta hacer de ella la viva imagen de la muerte. Se conocieron 16 años atrás. Ella salía de un matrimonio fracasado y se rindió a sus pies.
Desde el primer instante, la familia trató de hacerle ver el tortuoso camino que iniciaba, pero le costaba oirlo. El hijo mayor, Raúl, se fue desde el principio a vivir con su padre. El menor optó por seguir con su madre. Duró menos de un año. «Los malos tratos empezaron desde el primer minuto. Aquello era insoportable», recuerda aún con dolor. El amparo legal era escaso. Eran otros tiempos. Además, «ca-da vez que le denunció, ella retiró después la denuncia». Estaba comida por el miedo y anulada por el desprecio.
La pareja se trasladó unos años a Palma de Mallorca, donde reside un hermano de Antonio. «Cuando regresó, parecía un fantasma», rememora una de sus amigas. La jovial Virma se había esfumado para siempre. Sola y sin los apoyos de quienes la querían, se convirtió en el blanco perfecto del maltratador.
«Acababan de llegar y lo vi aquí, en el bar», relata una amiga suya de la infancia, aquella que la acompañó hace algo más de un año cuando se decidió a presentar la denuncia que le llevaría a ser condenado. «Estaban en un rincón, en la barra. Sin más, la cogió de un pezón y la arrastró hasta el suelo. Se me heló la sangre...». Después, se sucederían los días de las gafas de sol ocultando los ojos reventados a moratones, la pierna vendada, las marcas en la cara que ni siquiera podía ocultar porque el maquillaje le estaba vedado,... La misma historia de humillaciones y vejaciones oída tantas veces.
La acechanza
Pasado el verano de 2007, Virma reunió el valor necesario para dejarlo de una vez por todas. Se fue a vivir con sus padres y su hijo menor. Y renació. «Volvió a sonreír, a cuidarse. Se maquillaba y se vestía. Salía. Venía al bar». Cuanto más revivía ella, más se empecinaba él en esperarla tras los coches, en vigilarla desde la acera de enfrente, en acecharla como un lobo. Harta del acoso y las amenazas, lo denunció el 28 de diciembre. El 2 de enero de 2008, Antonio aceptó cuatro meses de cárcel y 16 de alejamiento que no respetó ni siquiera el día que salió del juzgado.
El terror al que sometió a Virma estalló con aquella bala del 38 disparada en presencia de todas sus amigas. «Cada mañana me levanto con aquella mirada clavada en mis ojos. Era distinta de otros días. ¿Por qué no supe verlo?», se lamenta una de ellas. Todos han quedado mutilados, tocados, cambiados para siempre. Todos, menos él. Hace sólo unas semanas, envió a un preso al bar. «Vino y nos dijo: “Recuerdos de Toni”. Quiere seguir atemorizando. Pero no podrá».