Escrito por Manuel Alarcón. Torrevieja    PDF Imprimir Correo electrónico
Tatiana Bonsora: una muerte a 4.000 kms de casa

 


La rusa Tatiana Bonsora tenía 26 años el Día de Reyes de 2008 cuando el ucraniano Sergei S., de 33 años, su compañero sentimental, le seccionó el cuello en el salón de la vivienda que compartían en la calle Hermanos Bazán, en Torrevieja. El informe forense definitivo, que dejó claro que Sergei atacó a Tatiana por la espalda, ha dejado manos libres al fiscal para determinar que se trató de un asesinato, y de ello ha calificado los hechos. Tampoco admite el acusador público la versión del inculpado de que la muchacha fue quien empuñaba el cuchillo de cocina y que él, al intentar arrebatárselo durante el forcejeo, la mató de forma accidental. Según la reconstrucción de los hechos que realizó en su momento la Guardia Civil, Sergei, tras consumar el crimen, llamó a su jefe —trabajaba en la construcción— y le dijo que algo malo había ocurrido y que necesitaba una ambulancia. Desde entonces, sigue preso.

Tatiana era una mujer joven y atractiva, según la recuerdan sus amigos, en su mayoría rusos como ella que no la olvidan y en los que ha dejado una profunda herida. Llegó a España para trabajar y, como muchos otros, su destino fue la provincia de Alicante, concretamente, Torrevieja, donde alquiló un piso. Allí trabajaba, se pagaba los gastos e intentaba labrarse su propio futuro. Sus padres residen en una zona rural de Rusia y ella había conseguido salir de ese mundo que se le había quedado pequeño.
Conoció a Sergei y tenía una relación de pareja que no gustaba a sus amigas. Así se lo hacían saber. «Si Sergei maltrataba al gato, era señal de que no era un hombre bueno. Eso se lo dijimos», asegura una y mil veces una de ellas. Quienes la conocieron, entre el vecindario, tienen un buen recuerdo de ella, de su alegría y de su sonrisa.
Los investigadores creen que Tatiana eligió el 6 de enero, día de Reyes en España y de fiesta en Rusia, para tener una última cena con Sergei y decirle que aquello había terminado, que su relación estaba acabada y que él tenía que marcharse porque la casa había sido alquilada por la joven.
Los vecinos, recuerdan, que oyeron gritos pero nadie hizo nada. «Una pelea de pareja», pensaron. De pronto, el silencio.
Tatiana era el ejemplo de muchas jóvenes que llegan a España y buscan un futuro. Aquí no tienen más amigos que otros compatriotas que son su familia, se llaman y se cuentan los problemas, buscan consuelo y cariño. Salen juntos los fines de semana, comparten gastos y se divierten. Se sienten como hermanos.
Tras su muerte, el juzgado comenzó la siempre difícil tarea de localizar a sus padres, informarles de lo sucedido y realizarle el ofrecimiento de acciones. La maquinaria de la Justicia se ponía en marcha, pero un año después, el juicio, que deberá celebrarse en Elx, ni siquiera tiene fecha prevista. Mientras, el presunto asesino continúa en prisión.
No hubo repatriación
Mientras tanto, el cadáver de Tatiana, permanecía, tras la autopsia, en una de las frías cámaras del Tanatorio de La Siempreviva, a la espera de un último descanso. La Embajada de la Federación de Rusia en Barcelona realizó los trámites, vía telefónica, hasta localizar a sus padres. Desconsolados por lo ocurrido ni tan siquiera han ejercido acciones legales en el proceso judicial que sigue abierto. Están demasiado lejos, a más de 4.000 kilómetros.
No entienden lo que ha pasado ni tienen dinero para costear un abogado, así que la repatriación no fue posible. Su cuerpo fue enterrado en Torrevieja gracias a un convenio del ayuntamiento local y sus amigos lloraron su pena. Pero aún tenía que realizarse un último acto, sacar sus pertenencias del piso y entregárselas a su familia y a aquellos que habían ejercido como tales por la simple razón de que la suya estaba a miles de kilómetros.
El gato, el bien más preciado
El juzgado tuvo que realizar esta última actuación, en justicia, para dar a cada uno lo suyo y que el propietario de la vivienda pudiera recuperar las llaves del piso, que a esas alturas continuaba precintado.
Entre todas aquellas cosas que dejó el recuerdo de Tatiana la más querida por sus amigas era el gato, ese felino que se paseaba por casa y ronroneaba, y que cada vez que recibía una patada o un golpe de Sergei se quejaba revelando una violencia que tuvo su manifestación más violenta, como siempre, cuando ella decidió seguir sin él su intento de encontrar una vida mejor en nuestro país.