Escrito por Ignacio Cabanes    PDF Imprimir Correo electrónico
Marisa Barberá: una vida marcada por la mala suerte

 

 

La tarde del ocho de febrero de 2008 Marisa Barberá Mondria salió a pasear por la partida de El Pozalet, en Cheste, en compañía de su pareja y su suegra. Al regresar a la caseta donde residía desde hacía meses, esta mujer de 45 años preparó un par de vasos de leche y se sentó en el sillón a ver la televisión. Esta aparente tranquilidad se vio truncada cuando, sin mediar palabra alguna, Jesús G. H. le asestó por la espalda un fuerte golpe en la cabeza con un palo de madera. El agresor continuó golpeándola con violencia ante el estupor de su propia madre, que presenció la escena. La mujer corrió a pedir ayuda a un chalé próximo. Mientras, su hijo trasladó en una carretilla el cadáver de la víctima para posteriormente cavar un hoyo en esta misma parcela, con el fin de enterrar el cuerpo. Antes de taparla con unas maderas, el presunto asesino cogió un tronco y la golpeó de nuevo hasta que constató que ya no le quedaba ni un aliento de vida. Cuando la Guardia Civil llegó al lugar, Jesús ya tenía la maleta preparada para marcharse. Desde entonces está en prisión a la espera de juicio.

"Mi madre no ha tenido mucha suerte en esta vida". Esta frase, pronunciada por el hijo mayor de Marisa Barberá Mondria, describe el infortunio vivido por esta mujer que acabó asesinada y enterrada, a los 45 años, por el hombre en quien ella había depositado toda su confianza. «Era tan buena que parecía tonta, se fiaba mucho de los demás, pensaba que la gente cambia», explica su hijo Raúl.

Fue precisamente esta confianza en la bondad de las personas y en la posibilidad que tienen de enmendar sus errores, la que le llevó a comenzar una relación sentimental con un hombre cuya vida ha estado siempre a caballo entre las drogas y la prisión.
Cuando en agosto de 2007 Jesús G. H. salió de la cárcel, la madre de Marisa le advirtió a su hija que no se volviera a juntar con su antiguo novio. «No te conviene, no me gusta su forma de ser», le insistía María del Pilar. Sin embargo, la mujer hizo caso omiso a las recomendaciones de su madre y decidió retomar la relación. Siete meses después, la tragedia llamaría a su puerta, cuando su compañero sentimental la golpeó por la espalda con un palo de madera, de forma sorpresiva, mientras veía la televisión en compañía de su suegra.
María H., que presenció la espeluznante escena, asegura que no sabe aún por qué su hijo actuó así. «No quiero saber nada de mi hijo, ella era una buena chica», asevera la anciana.
Según la autopsia, el cadáver de Marisa Barberá presentaba 19 heridas contusas en el cráneo, que le causaron la muerte por la destrucción de centros neurológicos vitales. Sin embargo, no fueron éstos los únicos golpes en su vida. La muerte de su hermana y su padre en apenas mes y medio y, sobre todo, el hecho de que le arrebataran a sus dos hijos pequeños, marcaría para siempre a esta mujer.
Marisa se crió en el seno de una familia de clase trabajadora, en el barrio del Camí Vell de Torrent, en Alaquàs. Nada más terminar la EGB, dejó los estudios. «No le iba estudiar», recuerda su madre. Y se puso a trabajar como barrendera y asistenta.
1995 fue un año muy duro para Marisa. Su padre y su hermana Alicia fallecieron en poco más de mes y medio. Las dos hermanas estaban muy unidas, y la muerte de Alicia, por una afección cardiaca, la dejó sumida en una gran tristeza, según recuerda su madre.
A esto se sumó la separación de su marido, con quien tuvo tres hijos, que en la actualidad tienen 25, 17 y 15 años. La ruptura del matrimonio vino acompañada también de un distanciamiento de Marisa y sus hijos.
La mujer decidió centrarse en su trabajo como limpiadora, empleada en el Ayuntamiento del municipio. «Mi hija era muy apañada y muy trabajadora», asegura María del Pilar.
Le quitaron a sus hijos pequeños
Fue en marzo de 2003 cuando Marisa sufrió otro mazazo que la dejaría sumamente afectada. Sus dos hijos pequeños fueron adoptados por otra familia que se los llevó fuera de Valencia. Desde entonces, Marisa no volvió a saber nada de ellos. De hecho, los dos pequeños ni siquiera saben, todavía hoy, que su madre biológica está muerta.
Por aquellas fechas Marisa comenzó una relación con Jesús G. H., el hombre que años después cavaría su tumba. «Para qué quieres juntarte con ése, que es un drogadicto», le insistía su madre una y otra vez. Su relación sentimental se vio interrumpida cuando Jesús G. H. ingresó en prisión por el atraco a un banco.
Marisa BarberáA mediados de 2007, Jesús G. H. obtuvo la condicional y fue en busca de su antigua novia. «Vino a comer aquí un día, pero pensé que sólo era temporal», recuerda Raúl. Lejos de ser una visita puntual, el hombre se instaló en casa de la madre de Marisa.
La convivencia en el domicilio de Alaquàs no era del todo mala, según explica el hijo de la víctima, quien sin embargo veía a Jesús como un intruso. «Había algo en él que no me gustaba. A simple vista se portaba bien, pero es una persona que tiene dos caras: una buena y otra mala», asegura Raúl.
Pese a que le incomodaba su presencia y tuvo algunos encontronazos con ese hombre, Raúl afirma que nunca le vio ponerle la mano encima a su madre. Las diferencias entre el joven y el compañero de su madre hicieron que la pareja optara por marcharse a vivir fuera, a una caseta en la partida de El Pozalet de Cheste.
Raúl nunca volvió a ver con vida a su madre. «Una semana antes de matarla vino por aquí y nos dijo que vendrían pronto a hacernos una visita», recuerda con un gesto de rabia. Ahora, el único consuelo que le queda es que el asesino de su madre pague en prisión el máximo de pena posible —el Ministerio Fiscal pide una pena de 20 años de prisión—. Pero ante todo, la familia de Marisa busca respuestas. «Quiero saber por qué la mató».