|
Karin Alive llegó a Valencia desde Bolivia buscando una vida mejor y lo que encontró fue la muerte. no vino sola. la acompañaba el hombre con el que compartió 18 años de su vida y cuatro hijos, el que acabó a puñaladas con sus ilusiones cuando decidió dejarle.
Durante una hora, su cuñada Alina intentó detener la tragedia. Estaban en su casa, donde Karin se refugiaba tras el enésimo episodio de malos tratos. No quiso volver con él. Alina lo vio todo, estuvo allí, intentó parar la masacre y, al final, Karin murió en sus brazos mientras el asesino huía. Los guardias de seguridad de un supermercado lo retuvieron al verlo ensangrentado. El juez acaba de dictar el auto de procesamiento de Darwin Cristóbal C. R. por un delito de asesinato, otro de amenazas, tres de maltrato y un delito de violencia habitual. «Hay indicios para considerarle autor», afirma.
"Tía, a ver, hablemos de qué piensa hacer con su vida. Hablemos en serio. ¿Se va a volver otra vez después de lo que le hizo? Piense bien, tía. Aquí es feliz...». Era la súplica de Joel, el sobrino de nueve años de Karin Alive, pocos días antes de que encontrase la muerte a manos de su pareja, cosida a puñaladas en presencia de su sobrina Dauri, de 18 años, y de su cuñada Alina. Hacía casi dos meses que se había refugiado en casa de su hermano, después de que el hombre con el que había compartido 18 años de su vida y cuatro hijos le hubiera destrozado el pasaporte dejándola totalmente indocumentada. Algo trágico para una inmigrante sin papeles. Karin Alive Jaime llegó a Valencia en la primavera de 2006, un mes después que su marido, Darwin Cristóbal C. R. Ambos procedían de Bolivia, donde dejaban a sus cuatro hijos con la abuela materna. Siempre habían vivido con su madre porque Karin se sentía muy sola allí, «no era feliz». Darwin salía por ahí y «se amanecía». Todo lo contrario que aquí, explica su cuñada Alina, que no la dejaba ni a sol ni a sombra. «En Bolivia siempre fue celoso, pero allí no salía casi con ella. Y aquí no la dejaba en paz solita, no la dejaba salir. ˝¿Por qué te arreglaste? ¿Por qué te pintás?˝, le decía». Alina recuerda por lo que tuvo que pasar Karin. «Le revisaba el billete del metro para ver a qué hora salía y a qué hora llegaba del trabajo. Era ya una obsesión». Cuando Darwin le pegó la última vez, llegó a casa de su hermano y su cuñada llorando. «Mi marido le dijo que fuera a poner una denuncia. ˝¿Qué más puede hacer si ya te pegó?˝. Fuimos las dos a denunciar lo del pasaporte, pero la policía nos decía que sin documentos la iban a detener por estar ilegal», comenta Alina. Por eso no denunciaron tampoco los malos tratos, ni el acoso a que la sometió durante los casi dos meses siguientes. Al principio, a él no le dejaban subir a la casa. Darwin la rondaba día y noche, y al final comenzaron a verse de nuevo por ahí, hasta que consiguió ganarse la confianza de su cuñado. La noche antes del crimen, Darwin estuvo jugando a las cartas con Karin hasta las tres de la madrugada en el domicilio de Alina, en la calle San Juan Bosco de Valencia. La familia acaba de mudarse; Dauri tenía allí demasiados recuerdos de su tía. Testigo de cargo excepcional, Alina confiesa que aún se emociona al recordar aquella tarde de sábado. «¿Cómo no pude hacer algo más para salvarla? Me siento tan impotente...», se pregunta una y otra vez. No pudo. Cuando se dio cuenta, él ya la había apuñalado por detrás y tenía una herida mortal. Alina tendía la ropa en el balcón y Karin hablaba junto a ella, ignorando a su marido. Aquél día discutieron porque él quería que ella volviera a su casa, en la misma calle. Pero la relación ya estaba rota. «Entonces oí el golpe y a Karin decir: ˝¡Ay, Chingulo!˝ —que era su apelativo familiar—. Pero no era un golpe, era un pinchazo en la espalda. Ella se volvió y comenzó a golpearla. Quería separarlos y él seguía dándole, yo no podía ni ver el cuchillo. Karin se cubría con la manos y yo gritaba pidiendo ayuda, pero nadie salía. Mi hija, que estaba en el baño con la música puesta, tampoco lo oía». Alina no sabe cuánto tiempo transcurrió. Sólo recuerda el silencio en que se desarrolló la escena. El silencio entre ellos. Mientras, Darwin arremetía con el cuchillo y Karin intentaba defenderse parándolo con las manos, que quedaron destrozadas, como su corazón —tenía otra herida mortal en el hemitórax izquierdo, además de la del hombro— y el de sus sobrinos, su hermano, su cuñada... Del balcón pasaron al salón. Alina intentaba meterse entre ambos, pero Darwin la apartaba con fuerza y seguía levantando lo que quedaba del cuchillo contra Karin. La hoja se había roto. «El cuchillo iba y venía. Karin se deshizo las manos y él la pinchaba en el pecho. Había muchísima sangre..., yo resbalé al ir a separarlos», relata Alina con pena. Del salón pasaron al rellano de la escalera. Dauri había oído los gritos de su madre y salió corriendo a la calle para pedir ayuda. Karin salió tras ella. «Yo le agarré de la camisa, pero tenía más fuerza y me arrastraba. ˝Se me escapó. Karin, se me escapó˝, le grité». Alina aún se lamenta. En la puerta, Karin se quedó apoyada contra la pared. «Él pasó de largo y bajó las escaleras. Mi hija lo vio y se asustó al ver la camisa ensangrentada. En la calle, él tiró el cuchillo. Salí detrás hasta la puerta, pasó una pareja y les dije que lo cogieran». Fueron los transeúntes quienes dieron la voz de alarma a los guardias de seguridad que había en un supermercado, unos metros más allá. Le retuvieron hasta que llegó la policía. Alina volvió junto a su cuñada mientras gritaba que llamaran a la policía o a una ambulancia. Karin estaba «paradita» junto al ascensor. «Por mis hijitos, aguántate», le decía Alina. Karin se ahogaba en sangre. «Yo no sabía de dónde salía tanta sangre». Era un primer piso y la gente se agolpaba a la puerta. «Un chico me dijo que taponara la herida». Alina recuerda su último hálito de vida. «˝Ya no puedo más, me ahogo˝, me decía. Se me hizo eterno. Se desangró. Karin se giró bocabajo y ya no dijo nada. Recuerdo su cara, sus ojos estaban abiertos. Mi hija llamó a su padre y sólo dijo: ˝Chingulo lo hizo˝». |