En el XI congreso del PSPV-PSOE se dirimía, en el fondo, una nueva relación con la dirección federal socialista y con el Gobierno. Madrid ha acabado imponiendo su voluntad ante ese desafío. Y ganando la pugna. Puig difundía un mensaje de gran calado: mayor grado de autonomía. Y no sólo en los niveles orgánicos -Ferraz- e institucionales -Moncloa-, también entre las membranas sociales valencianas, donde el PP es hegemónico y se ha identificado ya con el valencianismo. Frente a la opinión de algunos observadores, ambos discursos -el interno en clave orgánica y el que se pretendía proyectar sobre la sociedad- son uno mismo, aunque posean distintas velocidades y diferentes formatos. No es posible el uno sin el otro. Ángel Luna leyó mal esa cuestión: ni siquiera la contempló en su dictamen político. Ha vencido Madrid porque todavía desplaza mucho peso sobre la débil federación valenciana, carente de liderazgo y de poder. Alarte ha sido la figura que, paradójicamente, ha respaldado el continuismo, la que ha congelado la tensión entre Madrid y Valencia. Alarte y Ferraz han evitado el seísmo en el último minuto, de penalti, jugando en casa y con el árbitro a favor. El gesto de Blanco -convertido en una especie de chiquilicuatro de somatén- abroncando en público a Puig evidencia la tirantez de la batalla y el vértigo que se ha vivido en Valencia. Los delegados votaron propuestas contrarias al esquema doctrinal de la dirección federal, pero no refrendaron a quien las ideó o propuso. En el PSPV funciona el voto cautivo, diseñado por los barones territoriales, lo que interfiere el ámbito más elemental del proceso democrático.
Tutela y control. Alarte se ha enfrentado a un dilema fundamental para legitimarse tras su elección: el de las hipotecas contraidas. Y ha sucumbido a sus pavorosos diezmos. Es un primer signo de debilidad y demuestra un déficit de soberanía. La secretaria de Organización, Leire Pajín, ha ajustado gran parte de la ejecutiva sin intermediarios, comenzando por los dos puestos de mayor relevancia, la Vicesecretaría y la Secretaría de Organización. La plataforma que manufacturó Pajín buscó al alcalde de Elx como candidato y fracasó. Acabó concediéndole el respaldo a Alarte, lo que certifica la fragilidad de las intenciones y del compromiso. Los nuevos rostros de la dirección no sólo manifiestan el pago de una deuda, sino que constituyen un límpido testimonio del poderoso tutelaje que ejerce Madrid sobre el secretario general, además de rubricar quién controla la organización socialista valenciana. Leire Pajín no lo disimula, ni lo ha disimulado durante la transición hacia el congreso. El episodio constituye la expresión de un ejercicio de inescrutable naturalidad, o tal vez el de una insensatez cósmica.
El discurso. Desde la cima del poder, Alarte se ha de volcar ahora en la elaboración de un discurso. Ha alcanzado la máxima responsabilidad vacío de contenido. La vía de acceso al poder se ha configurado aquí a la inversa. Todavía no existe proyecto político, propuestas concretas, labor programática. Todo está por hacer. De hecho, el ámbito de Alarte ha vivido de las ideas de Puig. Ya que ha renunciado a auxiliar una nueva identidad para el socialismo valenciano -frenando la ligera emancipación que se aventuraba-, al menos habrá de dotar al PSPV de una envoltura ideológica para llenar esa inmensa laguna, más allá de la habilidad concreta para ir asentando su liderazgo (la astucia, a Alarte se le supone, pero está fuera de les Corts: su asimilación social será más complicada). Algunos postulados emanados del congreso ofrecen un panorama de desfallecimiento ante la realidad social, pues parecen arrancados de una postal de la postransición. Sobre ese proyecto es imposible avanzar. Las resistencias de los delegados a eliminar determinados símbolos tienen que ver más con la mano que mecía la cuna para liquidarlos -identificada con el espíritu de Ferraz- que con lo que representaban en sí mismos. Sin dirección y sin liderazgo, por otra parte, las pretensiones de Luna de buscar una vía ideológica hacia el centro, apenas podían penetrar en la militancia. Desde el día de su anuncio, la ponencia marco se ha vislumbrado como algo impostado al fallar esa correa de transmisión con las bases. El partido está muy alejado de la percepción social y Alarte habrá de recomponer esa situación. Sin discurso orientativo, Alarte ha de quemar los tiempos muy rápido para fabricar una estructura que le sirva como referente. Por el momento, su garantía es el cambio generacional, pero ese elemento atiende a la puesta en escena, no a los principios de la obra.
Heroico Romeu. La figura del tercer candidato en discordia, Francesc Romeu, se ha elevado en el congreso. Nadie pensaba que resistiría las desbocadas presiones de Ferraz, que han bordeado las amenazas. Madrid le había trazado la hoja de ruta: pacto con Alarte y huida de Puig, el demonio de Ferraz y Moncloa. La Fundación Jaime Vera, de la cual es director, depende directamente de Pajín. De modo que se jugaba mucho si fallaba en el encuadre. Ha seguido defendiendo su criterio. En el tablero político, ahíto de componendas (algunos dirigentes de la Marina, que le nutrían, no resistieron y doblaron la cerviz el viernes), su decisión constituye un privilegio. Y un testimonio. Se trata de una lección de dignidad que no ha de pasar desapercibida.
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