Alarte gana con sólo el 51% y Blanco ordena a Puig que no le ponga trabas en un PSPV dividido Imprimir E-Mail
Escrito por Francesc Arabí, Valencia   
domingo, 28 de septiembre de 2008

Se llama Jorge Alarte Gorbe, tiene 34 años y es alcalde de Alaquàs. Son las credenciales del quinto secretario general del PSPV, el segundo más joven de la historia. Ayer ganó la votación para ese cargo a la valenciana, a la manera socialista valenciana en tiempos de crisis: por 20 votos. En Alicante, Ignasi Pla ganó por 10, y en la Politécnica, Joan Romero, por 3. A Alarte queda por conquistar el liderazgo del partido para despejar la pista de despegue hacia la Generalitat. Pero eso, a estas horas, es como embastar sueños sentado en una piedra perdida en un lodazal.
A 28 de septiembre de 2008 el escáner al PSPV retrata un partido troceado en mil pedazos, adobados con resentimientos de país, comarca o ciudad y en el que las vísceras actúan como oráculo, en especial cuando se litiga por repartir la poca miseria que flota en el océano de la invisibilidad social. Simplemente ingobernable. Alarte deberá gestionar y liderar ese ejército de átomos. En esa misión contará, eso sí, con la ventaja de tener las espaldas cubiertas por la federal. «Desde hoy la direccion federal está detrás de Jorge Alarte hasta ganar las elecciones», sentenció el visecretario general del PSOE, José Blanco, quien se arremangó ayer para intentar ordenar el caos.
No intervino Leire Pajín, que ser valenciana la inhabilitaba para dar rapapolvos en público. Es lo que hizo Blanco. La mano férrea que en 16 meses no ha aplicado en su despacho —nunca puso el mínimo reparo a la proliferación de aspirantes— la descargó ayer en público sobre el pescuezo de Ximo Puig, como cabeza visible del 47,72% del PSPV que ha perdido el pulso a Ferraz. Porque Madrid quería una lista de integración en torno a Alarte. Blanco pintó las consignas  a los insurrectos con trazo de brocha gorda. «Esto es un punto final», dijo tres veces.  
«Se acabaron las bromas y los experimentos». Y remató: «Ximo, tienes una enorme responsabilidad: lograr que este congreso acabe bien y te emplazo a que ejerzas esta responsabildiad. La misma que tuvo José Bono para dar autonomía a Zapatero para que configurara su equipo». En su dicurso, Puig había recordado que él apoyó a Zapatero en el 35 Congreso Federal. Y Blanco le replicó que haga ahora de Bono. Primero, evitando que el congreso acabe hoy con accidente o ejecutiva contestada. Y después, que no dificulte la labor de la nueva dirección. No se conformó con eso, hasta replicó expresiones concretas como la «revolución silenciosa» que el bloque perdedor proponía contra Madrid. «Aquí no se necesita ninguna revolución silenciosa, sino un cambio tranquilo y seguro con respuestas del siglo XXI y no del XX». Ni Alarte lo habría dicho mejor.
A la salida y en privado, Puig recriminó a Blanco por su reprimenda pública y el dirigente federal quitó hierro al asunto. De paso, el de Morella le trasladó lo mismo que a los delegados suyos, que reunió después. «Nosotros llevamos el traje de la responsabilidad puesto, pero ahora el responsable de actuar es Jorge Alarte, a él le corresponde», transmitió. Y se fue a comer con Leire Pajín, que quiso conciliar para que hoy el presidente del Gobierno venga a bendecir una fiesta y no un funeral con el duelo peleado. Con todo, Blanco invitó a sumarse a todos los que «quieran ser protagonistas de la nueva etapa que empieza».
En su primera intervención como secretario general, Alarte expresó su deseo de «empezar el cambio bien». Por eso, ve «necesario que de una vez por todas nos reconozcamos con generosidad para que nadie sienta la necesidad de organizarse a favor o en contra de nada ni nadie». Pidió manos libres y prometió que va a hacer «como Zapatero, a tomar decisiones de forma autónoma para acabar con Camps». Para reconciliarse con los que le acusan de no respetar la tradición e identidad, reivindicó a Joan Lerma y Ciprià Ciscar como «símbolos» de 30 años de «trabajo socialista». Les debía esa jubilación solemne.

Un pacto demasiado alambicado
Alarte llegó eufórico pero muy estresado. Primero porque al grito de «País Valencià» y «unitat», los delegados del pacto crearon ambiente para movilizar tras los discursos. Y porque, después,  ganó por 20, aunque a mitad del recuento de las 549 papeletas depositadas en una urna blindada con pasillo y cortina —para dar garantías— iba perdiendo por 50. La alcaldesa de Quart, Carmen Martínez, se lo trasladó a Alarte y éste empezó a sudar. Faltaban 100 para el recuento, y ganaba por 18. Y al final, remontó.
Fue una remontada histórica. Desde la Politécnica (julio de 1997) los congresos de crisis del PSPV eran una cosa en la que jugaban dos bloques y ganaba el lermismo. Como alguien dijo de Alemania y el fútbol. Alarte hizo valer el apoyo mayoritario en las principales comarcas, primero, el impulso de la plataforma de Leire Pajín, después, y la pesada carga del estigma lermista que llevaba Puig, a la hora de la votación.
Porque se cumplió el guión y hubo deserciones. Cuando una tubería de canalizar votos tiene tantos codos y se montan deprisa y corriendo (lermistas y afines a Puig, FSP-UT, IS, el grupo GTS, parte de Volem i podem...), ha de haber fugas por buenos que sean los fontaneros. Las hubo (calculan que 16) de quienes no estaban dispuestos a poner la papeleta en el mismo montón que sus enemigos íntimos del pueblo. La ex alcaldesa de Dénia Paqui Viciano y otros siete delegados de la Marina Alta son afines a Romeu pero no tragaron con el pacto. Y eso que el de Silla se tomó un eterno café con Paqui Viciano a primera hora. Varios delegados de Alcoi, algunos de la Marina Baixa o del Grup de Treball Socialista, que apoyaban a Noguera, aceptaban a Romeu, pero tampoco quisieron respaldar a Puig. Afines al alcalde de Morella decían ayer que si hubiera encabezado Romeu habrían ganado. Jamás se sabrá.
Y eso que el de Morella hizo un discurso redondo, emotivo y estratégicamente milimétrico en el que llamó a todas las puertas de fe débil para sellar posibles fugas. Los suyos decían que la federal había atornillado mejor aún los votos de Alarte en las comarcas de Alicante. Para que los 263 avales que finalmente presentó Alarte se tradujeran ampliados a 282 votos. El discurso de Alarte fue improvisado (rompió el texto escrito) y de réplica al de Puig, consciente de que el de Morella lo bordó. Con un manojo de ideas fuerza ha logrado Alarte en estos 450 días de campaña que vean en él una posible solución.
«No podemos hacer un discurso y hacer todo lo contrario»; «el candidato no se resolverá en una habitación de hotel» y «tenemos que decidir si continuamos como en los últimos quince años o somos valientes y cambiamos de verdad». Tres frases que dispararon el aplausómetro.  La secuencia de catástrofes electorales ha jugado a favor de Alarte. Porque la derrota forma parte del imaginario de los 26.402 militantes.

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