apuntes

Al Barça, emboscado

El disco duro —eso si,  cada día mas blando— de mi cerebro, archiva abundantes alegrías y pocos sinsabores del Camp Nou. Ya se sabe que la memoria es selectiva y tiende a desechar los malos recuerdos y a idealizar los buenos momentos. Sin embargo, de las muchas ocasiones en la que le he visto jugar en aquel grandioso escenario, al Valencia sólo le recuerdo perdiendo una vez. Eso si: ¡qué derrota! Fue en la primavera de 1986, de infausto recuerdo. El equipo exprimía sus últimas posibilidades de salvación y, un sábado por la noche, en la antepenúltima jornada de Liga, salió trasquilado (3-0) del feudo barcelonista, tras ofrecer una imagen deprimente. Al día siguiente por la tarde, la tragedia se consumó:  el Betis  y el Cádiz hicieron gala de la buena hermandad andaluza y firmaron un empate a cero que salvaba al equipo gaditano y condenaba al Valencia al descenso. Aquel partido fue una pamema, como reconoció años después el intelectual Poli Rincón, uno de los protagonistas de aquella desvergüenza, ante los micrófonos de la Ser, para regocijo del De la Morena. (No quiero ni pensar la que hubiera montado el actual profeta de  las ondas nocturnas, si esa misma confesión se la llegan a hacer a su antecesor y maestro, Butanito, y a este le da por reir la gracia. ¡El escándalo que habría armado!).
El caso es que, salvo aquella amarga noche, al VCF le he visto partidos inolvidables en el Camp Nou, en la época de los 80, con protagonistas deslumbrantes como el excelso Daniel Solsona o el rapidísimo extremo asturiano Pablo. Guardo como uno de las vivencias mas emotivas de mis avatares futbolísticos, aquel domingo en el que Pasieguito me permitió asistir, desde bambalinas, a la charla técnica previa a un partido, en el hotel Princesa Sofía. Al rato pude comprobar como las previsiones y las consignas de aquel maestro del fútbol y de la vida, se plasmaban sobre el campo y el Valencia le daba un repaso al Barça. Vendrían luego unos años en los que ambos equipos protagonizaron partidos memorables, con goles a mansalva y el Piojo López desquiciando a Van Gaal.
En todas esos partidos, el Valencia sabía guardar la compostura  y no volverse loco. Acudía al Camp Nou de víctima, tenía muy estudiado al rival, se emboscaba, y salía raudo en guerrilla para asentar certeros golpes de mano. Pero, de un tiempo a esta parte, estos festivales se han acabado. El Valencia termina desgarrado y goleado sus choques en el Camp Nou. Coinciden estos girones con el crecimiento  del equipo y un cierto aire de superioridad, pretendiendo  jugarle al Barça de tú a tu. Craso error. A ver si hoy que acude diezmado por las bajas, es capaz de recuperar viejos hábitos.
 

El Bernabeu, una fábrica de insomnios

Desde el desapego que proporciona la distancia y con el laicismo radical que profeso en la religión madridista, confieso que estoy avergonzado. Y no por la debacle del Bernabeu que, a la larga, resultará beneficiosa para el fútbol, porque castiga un modelo de gestión, el de Florentino Pérez, basado casi exclusivamente en recurrir a la chequera para armar un equipo de estrellas. No.
Mi sonrojo lo provocan las reacciones del entorno mediático madridista, ante el nuevo fracaso de la Galaxia. Son absolutamente desmedidas, acaloradas, pretendiendo hacer extensivo su dolor al resto del país y tachando de antipatriotas a quienes no compartimos su congoja. La  rivalidad es la salsa del fútbol y uno de sus ingredientes más sabrosos son los descalabros del adversario. Quien hipócritamente afirme lo contrario, cae en el mismo cinismo con el que se comportan los que tratan de desviar la atención de los auténticos culpables de la debacle madridista, con el objetivo de protegerles de las comprensibles iras de la grada.  
Así, cargan sobre Manuel Pellegrini toda la responsabilidad y absuelven al presidente  y a las figuras que él fichó. El autor intelectual de este Madrid es Florentino y su ejecutor, Jorge Valdano. La imagen de marca del proyecto es Cristiano Ronaldo, un jugador espectacular pero que todavía no ha dado la talla en ninguna de las grandes citas a las que ha acudido. En cambio, el dedo acusador señala a Higuaín, un futbolista sin el destello periodístico que irradia el portugués y, por tanto, más frágil para poder convertirlo en reo propiciatorio.
En contraste con ese modelo, está el del Barça, basado en todo lo contrario: la cantera, como soporte de un estilo de juego colectivo, muy por encima del cultivo del ego de las individualidades, del que tan precisada está la mercadotecnia florentinista. Dos de los clubs referenciales del fútbol mundial, se mueven en trayectorias opuestas y los prototipos de dirección que ambos representan, también se consolidan o se debilitan. Cotiza al alza el molde de La  Masía;  a la baja el patrón oro de Valdebebas. En los momentos de aparente zozobra, Pep Guardiola permanece fiel a su ideario y el Barça apuesta por el juego combinativo para superar el trance. En cambio, la víspera del partido ante el Olympique, Pellegrini tuvo que saltar a la palestra para enfriar el ambiente y poner racionalidad en un entorno superestresado. Sólo había que remontar un 1-0, matizó. Pero el dineral que este Madrid se ha gastado en fichajes parece que sólo sirve para  acabar recurriendo a Raúl y apelando a la heróica. Y, ni siquiera en ese su habitat natural en el que parecía hallarse el miércoles por la noche, fue capaz de superar a un equipo de segundo rango europeo, que le dio una lección a la hora de maniobrar con valentía y controlar con maestría el partido.  Hace pocos días, la Selección española, con una propuesta futbolística diametralmente opuesta a la épica, fue aclamada en Paris. La venganza gala no ha tardado en llegar, servida en un plato de fútbol semejante al que practica España. Y para más inri, sin posibilidad de escudarse en el «villarato», ni de recurrir al «platinato» para justificar un batacazo tan morrocotudo y reiterado.
Florentino había prometido este verano levantar en el Bernabeu un escenario de sueños e ilusiones. Al paso que lleva, lo va a transformar en una fábrica de insomnios.
Escribo antes de que se juegue el Valencia-Werder Bremen, pero, ocurra lo que ocurra en Mestalla, por muy gorda que se arme, no tendrá ni punto de comparación con la que se ha montado como consecuencia del descalabro del Madrid en esta Champions que iba a ser su décima. Ya puede haber crisis en Mestalla, que yo, me quedo con la del Bernabeu. Es mucho más enjundiosa, aunque puedan establecerse ciertos paralelismos entro lo ocurrido allá y lo que algunos tratan de desencadenar aquí. Haríamos bien en aprender la lección para no incurrir en los mismos errores de convertir al entrenador en una piltrafa, o encumbrar a las figuras por encima del colectivo. Aún estamos a tiempo.
 

VCF: plano y sin plan B

Fue el Valencia más plano de los últimos tiempos. Y eso que Rubén Baraja intentó sacarle aristas, pero no hubo manera. Los de arriba se dejaron arrastrar por la desidia y la molicie. Y los de abajo, con un sistema defensivo parcheado, bastante hicieron con restañar las heridas provocadas por las cuantiosas bajas. El equipo atraviesa el momento más crítico de la temporada. O reacciona y saca el carácter, recupera la personalidad y el dinamismo, o corre el peligro de entrar en una dinámica negativa y acabar descomponiéndose.
Cuando el Valencia pierde la chispa de esta manera, paulatina pero inexorablemente, como le sucedió frente al Racing Club, el entrenador debería tener preparado un plan B que sirviera de reactivo. Una vez más, los cambios fueron reiterativos y no rompieron, ni siquiera alteraron, el juego absolutamente previsible para el rival, que nunca se sintió incómodo en el partido. Hacía —hace— falta un revulsivo, un aguijonazo que espabile a un once acomodado. Ya, contra el Werder Bremen mañana. Antes de que sea demasiado tarde y lo levantado hasta ahora, se desmorone.
   

A Villa se lo ponen más difícil que a un camello

A David Villa le resulta cada vez más complicado ser titular con la Selección española, que a un rico entrar en el reino de los cielos, o a un camello —con joroba, no de los otros— atravesar el ojo de una aguja, objetivos ambos, según Jesucristo, bastante inalcanzables. Así de difícil  se lo están poniendo al Guaje algunos  medios de comunicación madrileños con peso y mando en plaza. Y eso que el delantero del Valencia acumula los enormes méritos  que se encargó de ponderar el otro día en estas páginas Julián García Candau, quien descubría el mejor promedio goleador del asturiano sobre su antecesor Raúl, el ex siete de la Selección. Aún así, los críticos centrípetas no le perdonan, ni le perdonarán a Villa, que haya retirado de la Selección al capitán del Madrid, de cuyo cargo, dicho sea  de paso, también está a punto de licenciarle Manuel Pellegrini, lo que le ha servido al técnico chileno para ganarse la escandalosa oposición de una parte de los poderes fáctico/mediáticos madrileños.
Jubilado el ex Niño por Luís Aragonés, otro infante madrileño vino a tomar su relevo. Es Fernando Torres, futbolista entre cuyas grandes virtudes no figura la de golear con España. Pese a ese dato nada insignificante, una parte de los pensadores mesetarios abogan por su titularidad innegociable, aunque para ello haya que  sacrificar al Guaje. El nuevo Niño —ni que fuera Jesús— goza del favor de la prensa central.
Los nostálgicos del pasado aún confían en que Raulito vaya al  Mundial. Pelean por recuperar el antiguo poder de convicción que tenían con algunos seleccionadores para imponerles —perdón, era sólo aconsejarles— algunos nombres en sus convocatorias. A Javier Clemente, que les plantó cara y no se dejaba doblegar, le crujieron a palos.
De las presiones que ciertos poderes fácticos del periodismo —mayoritariamente madrileño— ejercen sobre los seleccionadores, podría impartir un master Santiago Cañizares, que alguna vez me ilustró al respecto. Él vivió la experiencia en carne propia,  desde ambos lados de la barrera. Primero, en el Mundial-94 de EE.UU, fue utilizado para tratar de desbancar de la titularidad a Andoni Zubizarreta. Vasco  y  portero del Barça a la sazón, ambos requisitos eran suficientes para provocar sarpullidos en el ombligo de la España imperial. Después  —frascos de perfume que se cruzan en el camino, a parte—  el preterido fue Cañete, en beneficio del emergente Iker Casillas,  entonces en pleno proceso de beatificación. Ahora ya es santo, y nadie cuestiona sus méritos, pero si está en juego el puesto de segundo portero, para el que descartan de oficio,  a Víctor Valdez. Incluso se atreven a cuestionar al mismísimo Puyol y abogan por la presencia en Sudáfrica de Guti, un tipo con resacas tan problemáticas, o más, que las de Raúl. Y no digamos nada del intocable Xabi Alonso, jugador cuyas características resultan incompatibles con bastantes de sus colegas del centro del campo. Marcos Senna, en cambio, no provoca esos rechaces tácticos, pero la  condición de periférico del contrastado medio del Villarreal, le  resta apoyos mediáticos de quienes  identifican a España con el Real Madrid, como si únicamente sus jugadores poseyeran el gen de seleccionables. A esos predicadores patrióticos, en  cada lista de Del Bosque parece que les va la vida... o la bolsa (la propia, o la de sus empresas).
 

El árbitro que perdió los controles

Qué sería del futbol sin partidos tan abrumadores como el del pasado domingo en el Calderón? Más aún: ¿Qué sería de nuestras vidas sin el fútbol? Carecerían de sentido. Tres días y sus correspondientes noches llevamos dándole vueltas al manubrio —¿a la noria, tal vez, cual dóciles y reiterativos jumentos?— del encuentro más inacabable de los últimos tiempos. (Al igual que una vez al semestre, por lo menos, se disputa un partido del siglo, también mensualmente hay una confrontación que se alarga durante varios días, incluso semanas, gracias a su proyección mediática previa, a la posterior, o a ambos extremos a la vez, para regocijo de comentaristas ociosos. Y esto no ha acabado. Falta por fallar Apelación.
El caso es que este Atlético-Valencia está dando que hablar mas que John Cobra. La gente no duerme, intentando averiguar qué pinza se le cruzó a Carlos Marchena, para interceptar el balón con aquella mano tan radiante (el capitán, seguramente, no aceptó de buen grado que Agüero le robara un balón que tenía controlado. Habría quedado muy, pero que muy en evidencia; e instintivamente, intentó protegerse).
O qué extraño fenómeno meteorológico cegó al árbitro para que no viera la infracción. A Pérez Burrull no le ha amparado esta vez ni el el manto protector del estamento arbitral, tan proclive al gremialismo. Sus errores fueron tan mayúsculos, que no han tardado ni 24 horas en mandarle a la nevera, que es como el calabozo en el que cumplen arresto los arbitros. A parte del corporativismo —una doctrina muy  cercana a la mafia— que practican los colegiados en activo y sus dirigentes, ex árbitros con más libertad de criterio, como Andújar Oliver o García Carrión, han puesto de relieve la falta de personalidad de Pérez Burrull. El domingo, su error más reprochable, el que pone en evidencia la poca fiabilidad de un juez, el que le descalifica para los restos, es el de, tras dejarse zarandear por Asunçao, y amedrentado por la grada, detener el partido sin ningún motivo para la interrupción, solamente a instancias de los jugadores atléticos, para consultar con su auxiliar. Eso, con el balón en juego, no se hace. Pero  Pérez Burrull perdió el control de la situación y, seguramente, también el de los esfínteres intestinales. Por eso se le veía sin color, tan lívido y demudado.
   

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